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Johann Wolfgang von Goethe en AlbaLearning

Johann Wolfgang von Goethe

"Las desventuras del joven Werther"

Libro Segundo

Carta 81

Biografía de Johann Wolfgang von Goethe en Wikipedia

 
 

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Música: Brahms - Three Violín Sonatas - Sonata N 3 - Op. 108
 

Las desventuras del joven Werther

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Hermán y Dorotea
Las desventuras del joven Werther
 

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Libro Segundo

Carta 81

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30 de noviembre de 1772

Nunca, nunca podrá tranquilizarse mi espíritu. Por dondequiera que voy encuentro algo que me pone fuera de mí. Hoy mismo... ¡oh, destino! ¡oh, pobre humanidad!... Me había ido a pasear a la orilla del río, a la hora de comer, porque no tenía ningún apetito. No había nadie. El oeste frío y húmedo soplaba de la montaña; algunas nubes grises rodeaban el valle. A larga distancia distinguí un hombre tnal vestido, que andaba encorvado por entre las rocas, como si buscase algo. Me acerqué a él, y al ruido de mis pasos se volvió. Tenía una fisonomía interesante, con cierta expresión de tristeza, que revelaba un corazón honrado. Sus negros cabellos le caían en bucles sobre la frente, y los de atrás descendían hasta la espalda, formando una apretada trenza. Como su traje indicaba que era un hombre del pueblo, creí que no se disgustaría porque tne interesase por él, y le pregunté qué hacía.

Dando un profundo suspiro, me contestó:—'"Busco flores, y no las encuentro." — "Naturalmente — repuse sonriendo; ahora no es tiempo de flores." — "Hay muchas — añadió acercándose a mí. En mi jardín tengo rosas y dos especies de madreselvas... Una me la regaló mi padre; ésta crece con la rapidez de la mala hierba y, sin embargo, hace dos días que busco una y no la encuentro. También aquí hay flores en todo tiempo: las hay amarillas, azules, rojas... y hay centauras, que son unas florecillas muy lindas. Pues en vano las busco; no encuentro una siquiera." Yo notaba en ese hombre cierto aspecto huraño y, dando un rodeo, le pregunté para qué quería las flores. Una sonrisa extraña y convulsiva contrajo su semblante. —"Si me prometéis no hacerme traición — dijo llevándose un dedo a los labios, — os diré que he ofrecido un ramo a mi novia." — "¡Bien, muy bien! — repliqué." — "¡ Oh!, ella tiene muchas cosas buenas... es rica." —"Y, sin embargo, hace caso de vuestro ramo." — "Tiene diamantes... y una corona..."— "Pues ¿quien es? ¿cómo se llama?" Sin responder a esta pregunta, añadió: — "Si el Gobierno quisiera pagarme, yo sería otro hombre. Sí; hubo un tiempo en que yo estaba bien; pero hoy... hoy todo ha concluido. Ya no soy nada." Sus ojos, preñados de lágrimas, se fijaron en el cielo con viva expresión. — "¿Erais feliz entonces?— le pregunté."

— "¡Ah!, ojalá lo fuera ahora lo mismo. Sí; feliz, alegre, vivía en un verdadero paraíso." — "¡Enrique! — exclamó en aquel instante una anciana que se aproximaba a nosotros: —¿dónde te metes? Ando buscándote por todas partes. Vamos, ven a comer." — "¿Es hijo vuestro? — le pregunté adelantándome hacia ella."— "Sí, señor, es mi pobre hijo. Dios me ha dado una cruz bastante pesada."— "¿Hace mucho tiempo que está así?" — "A Dios gracias, hace ya seis meses que ha recobrado la tranquilidad. Pero antes, durante un año, ha estado furioso y fue preciso encerrarle en un manicomio. Ahora no hace mal a nadie; pero siempre está soñando con reyes y emperadores. ¡Era tan bueno y tan cariñoso! Me ayudaba a vivir con el producto de su trabajo, porque tenía una letra preciosa... De repente dio en estar caviloso; cayó enfermo con una fiebre devorajdora, y ahora... ya veis el estado en que se encuentra. Si yo os contara, señor..." Interrumpí ese flujo de palabras para preguntarle a qué época se refería su hijo, cuando decía que había sido muy dichoso. — "¡Ah, señor!, el pobre alude al tiempo en que estaba completamente loco; al que pasó en el manicomio, cuando no tenía conciencia de sí mismo. No cesa de recordar aquellos días..." Estas palabras me hirieron como un rayo. Puse una moneda de plata en las manos de la anciana, y me alejé casi corriendo.

¡Entonces eras feliz!, pensaba yo, caminando rápidamente hacia el pueblo. ¡Entonces vivías alegre en un verdadero paraíso! Pero, Señor, ¿estará escrito en el destino del hombre que sólo pueda ser feliz antes de tener razón o después de haberla perdido? ¡Pobre insensato! Envidio tu locura; envidio la perturbación mental en que te pierdes. Tú sales lleno de esperanza a coger flores para tu reina, en medio del invierno, y te desesperas porque no las encuentras, y no comprendes la causa de que no las encuentres... Pero yo... yo salgo sin esperanza, sin objeto, y vuelvo a entrar en mi casa como salgo. Tú sueñas en lo que serías si el Gobierno te pagase; ¡feliz criatura que sólo en un obstáculo material hallas tu desgracia, que no sabes que en el extravío de tu cerebro, en el desorden de tu espíritu estriba tu daño, del que todos los reyes de la tierra no podrían librarte!

¡Muera desesperado el que se ríe de los enfermos que, en su opinión, agravan sus enfermedades y aceleran su fin yendo lejos a buscar la salud en aguas medicinales maravillosas! ¡Muera desesperado el que insulta a la pobre criatura cuya alma oprimida hace voto de visitar el santo sepulcro, para librarse de sus remordimientos y calmar sus escrúpulos y cuitas! Cada paso que da sobre la tierra, dura e inculta, por ásperos senderos que desgarran sus pies, es una gota de bálsamo vertido sobre la herida de su alma, y, después de la jornada de cada día, se acuesta con el corazón aliviado de una parte del peso que le agobiaba. ¿Y os atrevéis a llamar a esto locura, vosotros, charlatanes felices, sentados en buenos cojines? ¡Locura! Dios mío, tú ves mis lágrimas. ¿Cómo al crear al hombre tan pequeño le das hermanos que hasta le despojan en sus amarguras, robándole la confianza que ha puesto en ti, en ti que nos amas infinitamente? Porque la fe en la virtud de una planta medicinal, o en el agua que destila la vid después de podada ¿qué es, si no fe en ti que al lado del mal has puesto el remedio y el consuelo de que tanto necesitamos? ¡Oh, Padre, que no conozco! Padre, que otras veces has llenado toda mi alma, y que ahora te apartas de mí: llámame pronto a tu lado. No guardes silencio más tiempo, porque tu silencio no detendrá a mi alma impaciente. Y si entre los hombres no podría enojarse un padre porque su hijo volviese a su lado antes de la hora marcada, y se arrojase en sus brazos exclamando: — "Heme aquí de regreso, padre mío; no os incomodéis porque haya interrumpido el viaje que me habéis mandado terminar; el mundo es igual por todas partes; tras el dolor y el trabajo, la recompensa y el placer... ¿Qué me importa? Yo no estaré bien más que donde vos estéis; en vuestra presencia es donde yo quiero gozar y padecer..." Tú, Padre celestial y misericordioso, ¿podrías rechazarme?

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