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Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

Carmen de Burgos y Seguí "Colombine"

"El suicida asesinado"

Capítulo 2

Biografía de Carmen de Burgos y Segui en AlbaLearning

 
 
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Música: Liszt - La Cloche Sonne
 
El suicida asesinado
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II

 

Cuando llegó Manuel al Cais do Sodre, después de haber almorzado precipitadamente, ya había partido el tren. Tenía que esperar tres horas, que se hacían interminables para su impaciencia.

Comenzó a pasearse por los alrededores, entre las barracas de madera donde se vendía pescado frito y comida para los marineros y la gente del pueblo. Estuvo en el café de la esquina de la Plaza del Duque de Ferrara, llegó hasta lá orilla del rio; su impaciencia no le dejaba estar quieto.

Frente a la estación, en el ángulo saliente que formaba la valla, una mujer descalza, con la cabeza descubierta, estaba sentada ante una mesilla con ñiquiñaque y unas espuertas de naranjas. Tenía a su alrededor unos chiquillos andrajosos, sucios, con las caras negras, en la que lo único lavado, y no con agua, eran los hociquitos.

Manuel tenía sed. Le repugnaba ir a tomar una copa en el ventorro y se acercó a comprar un par de naranjas. Tuvo que esperar que despachasen a dos mujeres que habían llegado antes que él. Mientras la una pagaba, la otra mordía en la naranja, con ansia de sedienta, chupando el zumo azucarado por la herida de la corteza. Era una actitud tan sensual, que Manuel se fijó en ella. Tenía las facciones desiguales, era morenilla, llena de gracia, con los labios gordezuelos, la boca grande, de fuertes dientes muy blancos, y los ojos redondos y muy negros.

—Es curioso—dijo la compañera, de mucha más edad que ella—, la cantidad de hombres que se pierden en el mundo. Está la estación llena de gente que van a Cascaes a ver si el muerto de la Boca del Infierno es alguno de los que faltan de su casa hace días, sin saber donde se han metido.

La muchacha apartó de sus labios la naranja, exprimida como una pelota de goma, y limpiándose con un pañolillo blanco el zumo amarillo, que como una gota de miel le corría por la barbilla, repuso:

—Casi ninguno de los que se pierden vale la pena de buscarlo.

—¡Qué cosas tienes!

—Seguramente que están muy tranquilos, muy encamados en alguna madriguera.

—La verdad es que llevamos ya una racha en Cascaes de muertes misteriosas, en la Boca del Infierno.

—De seguir así, la gente va a tener miedo de ir allí.

—Pues es un lugar seguro. Siempre está el guarda y los cocheros.

—A pesar de eso... ya ves que dicen, que la mañana del día en que apareció el cadáver encontraron rondando por allí tres hombres sospechosos.

—Serían algunos pobres pescadores.

—Y entonces ¿por qué huyeron, saltando una tapia para ocultarse?

—Fantasías.

—Pues el día no estaba para salir de pesca, con el mar tan bravio.

—Ya sabes que padre lo busca siempre así para pescar los sargos.

—Digas lo que quieras es muy extraño todo esto y valía más que la policía se preocupara de lo que pasa en esa costa... que no son solo asesinatos.

La joven tiró contra el suelo la naranja vacía, mientras la madre, que había ido marcando su camino con los pedacitos de corteza arrancados, comía uno a uno los gajos.

Él se había metido las suyas en el bolsillo. Seguía a la joven como a un enamorado, espiando la conversación. Le gustaba oir lo que decían de aquellos asesinatos, de que fuesen una cosa popular, cuyo descubrimiento le diesen fama.

Subió al tren en el vagón de segunda en que entraron ellas. Allí la conversación era general, todo el mundo hablaba del cadáver de Cascaes, emitiendo las más extrañas versiones. Era aquél el asunto que impresionaba a todos. Una gran parte de los viajeros iban a Cascaes para ver el cadáver, con el miedo de reconocer en él algún amigo o algún pariente del que hacía tiempo no sabían.

Había allí quien esperaba ya hacía varios meses la vuelta de un padre, de un hermano, de un hijo o de un marido, cuyo paradero ignoraban. Otros que no tenían carta de los suyos; alguna que sabía que había ido por aquel lado y no le escribía. Se compadecían unos a otros, pero en el fondo de cada uno de ellos existía el deseo de que los otros encontrasen en el cadáver al que buscaban y de no encontrarlo ellos. Algunos disimulaban su ansiedad y otros, sin poderse contener, hablaban de sus temores y lloraban. Casi todos decían lo incomprensible de la larga ausencia de los que se habían ido, que eran tan buenos y tan amantes del hogar.

La mayoría trataba de engañar su inquietud.

—Quizás sea alguno de esos cadáveres que tiran al mar desde los barcos, cuando se muere alguien a bordo—decía uno.

—Pero a esos los echan metidos en un saco y con peso en los pies.

—No quiere decir nada eso. Con lo bravo que está el mar, pronto lo desnuda y lo despedaza.

—Se ha encontrado una chaqueta también.

—Pero dicen que no es de él.

—¡Quién sabe!

—No le viene.

—Como que con el agua que habrá tragado se le habrá quedado estrecha.

—Eso sería si se ha ahogado, que si lo mataron no habrá tragado ninguna.

—Pero se habrá hinchado de estar en remojo.

—Es que le está grande la chaqueta.

—Puede gustarle llevarlas así.

—Eres muy testaruda.

La madre la quiso disculpar.

—No cree lo que dice.

—La cosa no es para bromas—atajó uno de los llorosos.

—Es que la pobre está nerviosa... tiene miedo de que sea su marido...

La morena echó por medio:

—¿Miedo? ¡Vaya una lástima! De lo que tengo miedo es de que no sea y siga dándome tormento.

Manuel se levantó y empezó a recorrer los vagones. No paraba atención en la belleza de la línea. Habían pasado más de la mitad del camino. A la izquierda se veía el río, ensanchando hasta perderse en el mar. A la derecha la hermosa ribera, sembrada de lindos pueblecillos de casitas pintorescas, de lindos hoteles, rodeados de palmeras, de altos árboles y de flores. A lo lejos, cortando el amplio horizonte, se veía la gallarda sierra de Cintra, con la inconfundible silueta del castillo de la Pena.

Sólo los extranjeros se ocupaban del paisaje. Los demás iban ocupados en el asunto de actualidad. Iban en primera y en tercera clase también multitud de personas ansiosas que iban a ver al muerto. Unas lo confesaban y otras lo disimulaban, pero en todas se veía la ansiedad que comunicaban a los indiferentes. Se miraban con cierto antagonismo unas personas a otras. Parecían jugadores a un peligroso juego en que alguno sería castigado con la bola negra. Tenían miedo de sacar aquella bola. Todos con el deseo ferviente, inconsciente, de que lo encontrasen los otros, como si no hubiese otro medio de verse libres del peligro.

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